Situación.- G3. Empieza.- Zumala­cá­rregui. Termina.- Atxetabidea. Fecha CMP.- 28 de abril de 1970.

Su traducción del euskera significa "zona o alrededor de Begoña". La ante­iglesia de Begoña, perteneciente a la merindad de Uribe, ocupaba el asien­to treinta y seis en las Juntas Generales de Guernica. Su término «con dos leguas y media de circunferencia limita con Bilbao, Deusto, Le­zama y Etxarri». Eran cinco los ba­rrios o cofradías que la forman; Bego­ña u Otxarkoaga, Calzadas, Atxuri, Bolueta y Uribarri. En estos parajes se desarrolla la leyenda del robo de las joyas de la Virgen de Begoña según un artículo del apasionado investigador francés Monsieur Lan­de, aparecido el 19 de agosto de 1877 en la primera página de "El Noticiero Bilbaino":

«Al comenzar el siglo XVI, se estaba reedificando el Santuario de Begoña. Las campanas del antiguo pendían provisionalmente de una cureña. La obra iba tan adelantada que, levantados los muros exteriores se había techado la parte alta del templo y colocado la venerada imagen en su altar, adornada con todas las preciadas y valiosas joyas donadas por la devoción popular. Uno de los canteros que se ocupaban de la obra, concibió el sacrílego proyecto de robar las joyas de la Virgen.

A hora avanzada de la noche, arrimó una escalera de mano al muro, subió a lo alto de este, trasladó desde allí la escalera a la parte interior del templo, y excitado más y más por la vista de las joyas en las que se reflejaba la luz de la lámpara del presbiterio, subió al altar y despojó a la Santa Imagen del tesoro. Al intentar apoderarse de una preciosa coronita de oro que adornaba la imagen del niño Jesús, la Virgen se lo impidió asiéndole del brazo, por lo que lleno de terror, desistió de su intento y volvió a subir al muro dejando las joyas sobre el altar. Deteniéndose allí, vio nuevamente brillar la joyas y entró en tentación otra vez de apoderarse de ellas, atribuyendo a vana figuración suya el prodigio de haberle sido retenido el brazo por la Virgen, que bien podía consistir en que su ropa se hubiese enganchado en la mano de la imagen. Decidiéndose al fin a bajar del muro y se dirigió hacia las joyas, sin osar, empero, despojar al Santo Niño de su corona y con ellas se alejó del templo dirigiéndose a la Villa. Al llegar a Mallona, donde había un humilladero con la imagen de Jesús crucificado, se detuvo, encontrándose con un rebaño de carneros que le acometían disputándole el paso. Ya un tanto atemorizada su con­ciencia volvió atrás y quiso dirigirse a la banda de Trauco, pero era el bosque tan cerrado y lleno de agudos espinos y, por más que porfió, no lo pudo conseguir. Entonces, cada vez más admirado e inquieto, determinó trasponer los montes, descendiendo al opuesto valle de Zamudio. Pero al subir a la cumbre de Meazábal, donde existía una ermita de Santo Domingo, erigida en el siglo XV por San Vicente Ferrer (el que predicaba en la iglesia de Santiago realizando el prodigio de que haciéndolo en valenciano le entendiese perfectamente el pueblo, que no sabía más lengua que la vascongada), se encontró con una manada de toros que le acometieron furiosamente, y ya tan pesaroso de su crimen, que le faltaba poco para decidirse a devolver las joyas al Santuario, descendió de Meazábal y al llegar a la colina de Artagan tomó la entrada de Garay, y se dirigió hacia Zubuzo, o lo que es lo mismo a la banda izquierda de Begoña, bajó al fin al bosque de Palatuzugasti, a orillas del Ibaizábal, entre Bolueta y Echévarri y allí se vio nuevamente detenido por un gigante que blandiendo amenazador una espada de fuego se oponía a su paso. Lleno ya de terror y completamente arrepentido de su sacrílego crimen, volvió atrás decidido a devolver las joyas a la Virgen y pedir ante la sagrada imagen el perdón de su culpa, pero en aquel instante empezaron a tocar a rebato las campanas de Begoña y se alzó gran griterío en toda la zona. Aterrorizado, el ladrón se escondió en el bosque. Al oír el vecindario de Begoña las campanas, habían acudido hacia el Santuario y visto con asombro que las campanas tocaban por sí mismas. Comprendieron que algo grave había ocurrido, penetró en este y echó de ver la desaparición de las joyas, deduciendo a la vista de la escalera aún arrimada al muro, que habían sido robadas. Corrie­ron los vecinos unos a la banda de Trauco y otros a la de Ocharcoaga en busca del ladrón. Al ver este que se acercaban les salió al encuentro; confesó su crimen, entregó las joyas y se dejó conducir a la cárcel. Juzgado el ladrón sacrílego y condenado a muerte, fue ejecutado en el collado de Larreagaburu, donde era costumbre hacer tales ejecuciones, por lo cual se daba al sitio aquel nombre, que significa "collado de las angustias", como hasta hace poco tiempo se llamaba lo que hoy conocemos como "El Morro". El criminal había pedido al ir al suplicio que en recompensa de su arrepentimiento, se le sepultase en el Santuario por él profanado. Concedida esta gracia se le sepultó bajo el púlpito de Santa María de Begoña. Pasados muchos años, abriose la sepultura para enterrar a otro muerto, y con asombro de los circunstantes se vio que se conservaba incorrupto el brazo asido por la mano de la Virgen cuando el ladrón iba a despojar de su corona al Niño Jesús».

Begoña ha dado a la Villa personajes de recuerdo como:

- Goyo Nadal, Bilbaino con mayúsculas.

- Rufino San Vicente Navarro “Chi­quito de Begoña”, matador de toros nacido el 10 de julio de 1880. Sus mejores actuaciones las hizo en América del Sur. Falleciendo en Medellín, (Colom­bia) el 23 de septiembre de 1963.

- José Tuñon Miyar, matador de novillos nacido el 10 de enero de 1893. Formó pareja con Alejandro Irala, anunciándose como la “Cuadrilla Juvenil Bilbaina”.

- José Zamarreño Múgica, “Gordito”, nacido el 9 de febrero de 1889, actuaba como banderillero en novilladas locales.

- “Martinito de Begoña”, matador de novillos que debutó como becerrista en Bilbao el 5 de noviembre de 1911.

Javier González Oliver