Situación.- H5. Empieza.- Miraflores. Ter­mina.- Parque de Larreagaburu.

El paseo de los caños toma su nombre del famoso acueducto que por allí pa­saba para la traída de aguas a la villa. El 24 de febrero de 1345, por pri­vilegio de Doña María, dado en Lerma, concedió a los bilbaínos el "rodal" de Basondo y, "el agua para ellos que sale del estolde de las dichas ruedas". Sin embargo, por lo dis­tante que se encontraba cuando se estableció el pri­mer alberque para la limpieza del pueblo en el siglo XV, se tomaron las aguas más cercanas. En 1523 ajustó el Concejo con el maestro Martín de Aguirre en 500 ducados, una toma y conducción de aguas desde el Montón o Pontón al alberque de Bilbao.

El alberque, que luego se denominó la Alberca, estaba situado en el chaflán que hacen las calles Zabalbide y Ronda, donde se levantó la Caja de Ahorros y Monte de Piedad Municipal. En 1552 se encomendó al maestro Guillot de Beaugrant la toma y conducción de las aguas, junto al molino de Erquiñigo en Ibaizábal. Las obras del acueducto, que se denominó "Los Caños", se regularizaron en 1558 encargando a Juan de Láriz, maestro cantero, la cons­trucción de veinte brazas de acueducto, por lo menos, al año. El acueducto consistía en un caño simple, hecho de mampostería, sobre la tierra, de cinco pies y medio, reservando dos para la prevención de los caños de plomo o barro que condujesen el agua de las fuentes. En 1571 Bilbao com­pró la rueda y su estolde en un "cuento" de maravedíes a Gregorio Gómez de Begoña.

En 1817 la villa tomó en arriendo a cesión perpetua los terrenos de la parte superior e inferior de Los Caños pertenecientes a Domingo Ramón Alonso de Tejada, Caballero de la Real Maestranza de Ronda, para rea­lizar un paseo para el descanso y sosiego de los bilbaínos ante el bu­llicio de la villa. Estaba cruzado de sendas y tenía bancos de piedra para descan­sar. Se dice que estaba tan tupido de chopos, álamos y robles que en verano no lo atravesaba el sol.

A la entrada del paseo, las losas tenían dos marcas peculiares, forma de huella, una de pie grosero, grande y feo y la otra de pie pequeño y delicado. Según las crónicas, la semejanza era asombrosa y parecían talladas por un escultor, aunque eran naturales. Se les llamaban “el pie del diablo” y “el pie del ángel”, y según la leyenda ambas huellas fueron impresas por sendos saltos que dieron desde la otra orilla un ángel y un demonio. El ángel había conseguido un alma que quería salvar y el diablo pretendía arrebatársela.

El primer recorte del paseo fue para dejar paso al camino que los coches de postas utilizaban para el servicio Bilbao - Durango. Más tarde se vería nuevamente reducido por las vías del Fe­rrocarril Central de Vizcaya inaugurado en 1882.

Javier González Oliver